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¡Ayayanchu Otavalo! (viva otavalo). mi primer diario, mis primeros pasos.
Por Carlos Alfonso Briceno
¡Ayayanchu Otavalo! Chaska, un bebé de apenas 10 meses, marchó con sus padres a Ecuador para visitar la región de Otavalo, el valle del amanecer. La leyenda dice que los Incas llevaron mitimaes a poblar la región del volcán Imbabura, en el norte del actual Ecuador, es decir, runas o campesinos de los andes peruanos fieles a la política de los gobernantes cusqueños. Fue la mejor forma de imponer la religión, las costumbres y las leyes en los confines del imperio. Aquí nació Atahualpa, el último de los Incas y existen familias que todavía llevan su apellido. En la época de la conquista española en Otavalo se fundó una de las principales encomiendas del reino de Quito que explotaba la fuerza laboral de los indígenas que eran expertos tejedores. La fama los precede pues aquí se realiza cada semana el mercado más importante de artesanías de América del sur. Los otavaleños dedican su vida al trueque y al comercio y es fácil verlos en cualquier parte del mundo ofreciendo sus productos. La provincia de Imbabura en el pasado fue la morada del cóndor, desgraciadamente hoy extinto. Tierra de los volcanes o "la garganta de los dioses" y de lagos o "senos maternos donde fuimos engendrados". Es sin lugar a dudas uno de los sitios más hermosos del Ecuador andino. Como habitantes de este continente tenemos que reconocer que esta es la cuna de nuestra historia más primitiva.
Para conocer la región de Otavalo lo mejor es caminar con la mochila al hombro por las distintas rutas que utilizan los campesinos y arrieros. Así uno puede llegar hasta la laguna de San Pablo o Yahuarcocha (lago de sangre) para continuar a la de Mojanda y terminar en la de Cuicocha que está rodeada de páramos y bosque húmedo andino. Es un circuito de unos 60 kilómetros que nos cuesta un par de días pero vale la pena la aventura. Los más osados, si les provoca, pueden subir a la cima del volcán Imbabura ( 4000 metros ) que es la tumba del trueno y el relámpago. Aconsejo también visitar el árbol-tótem Lechero que se halla en las lomas del cerro Monserrate, fenómeno insólito al que se atribuyen poderes como el de regalar lluvias en la época de sequía, curar enfermedades y devolver la fertilidad a las mujeres. Postrados en el tronco muchos peregrinos dejan sus ofrendas y beben su savia a la espera del milagro divino. Muy Cerca de Otavalo está el pueblito de Peguche donde existe un centro cultural y refugio llamado el Aya Huma. Si alguno de ustedes se presenta por allí sus encargados Guaku Lema y su esposa Mieke, junto a su hijos Kuti y Tua les atenderán cordialmente. El Aya Huma representa al genio del carnaval y figura central de su olimpo mitológico. El pueblo otavaleño es muy bravo y se resiste a perder su lengua, el quechua, o sus raíces, a pesar de la inevitable integración en el mundo moderno. El indígena es parco, ama la música, es místico por naturaleza, de carácter sencillo te brinda su amistad sin recelos. Los hombres van vestidos a la antigua usanza con pantalón de bayeta, sombrero, poncho y alpargatas; mientras las mujeres se visten con blusas blancas bordadas con flores y motivos geométricos, les gustan las walkas o collares de mullos dorados, las makiwatanas o mullos rojos hechos de coral, las chumbis o fajas, los anacos, las fachalinas, rebozos y alpargatas. Estas prendas las lucen orgullosos pues su identidad la defienden a muerte. La región de Imbabura es famosa por los yachaj o chamanes conocedores del poder de las plantas y la energía sobrenatural. Ellos siempre están dispuestos a atendernos en los problemas de salud o del alma. Uno de los rituales más conocidos es la limpia en la cascada de Peguche. Ésta comienza a las doce de la noche y se prolonga hasta el amanecer. Los devotos se bañan durante horas en las frías aguas de la cascada mientras el Yachaj los flagela con ortiga y los asperja con un elixir mágico que mantiene en secreto. Incluso hay pacientes que juran salir resucitados.
Y ni que hablar de los mercados campesinos, por su variedad y colorido son fabulosos. El indígena es el verdadero guardián de la tierra, ellos durante siglos seleccionaron genéticamente cada uno de los frutos autóctonos que hoy hacen parte de la dieta universal como la papa, el fríjol, el maíz, la oca o la quinua. Gracias a su infinito amor por la pachamama o madre tierra nos han legado este incalculable tesoro. Los viernes uno no se puede perder el mercado de la plaza de los Ponchos en Otavalo. Allí es posible conseguir los más diversos artículos de artesanía, textiles, cerámica o joyería. Gracias a mi amistad con Shiri,el Yachaj, fui invitada por la comunidad a probar el famoso Cuy, el plato típico de la región. El cuy o conejillo de indias se prepara en un horno de barro y es aliñado con hierbas silvestres, ajo y pimienta. Se acompaña con arroz, papa y ensalada y de bebida no falta la tradicional totuma de chicha para compartirla entre todos y hacer un brindis al sol exclamando ¡kausachun Otavalo manta! Recomiendo visitar Otavalo el 24 de junio día del Inti Raymi o solsticio de invierno que es cuando la fiesta se vive en todo su esplendor , igualmente en el mes de septiembre para el Yamor o la fiesta de la cosecha de maíz y claro, sin pasar por alto los carnavales en el mes de febrero donde se presentan los mejores grupos de música andina y de danzas folklóricas. Porque sobre todo Otavalo es tierra de músicos y de poesía. fue en Peguche donde comenzó, a finales de los años sesentas, la revolución de la música andina con el grupo Ñanda Mañachi. Reconocidos maestros del siku, la kena, los rondadores, el charango o la bandurria. Bueno, espero que igual que lo hice yo ustedes disfruten de su estadía en Otavalo, y no olviden que al mirarnos en el espejo de nuestros antepasados vemos reflejado nuestro verdadero origen e identidad. Carlos de Urabá y Chaska. Otavalo 2008 |