
¡Ayayanchu Otavalo!
Chaska, un bebé de apenas 10 meses, marchó con sus padres a Ecuador para visitar
la región de Otavalo, el valle del amanecer.
La leyenda dice que los Incas llevaron mitimaes a poblar la región del volcán
Imbabura, en el norte del actual Ecuador, es decir, runas o campesinos de los
andes peruanos fieles a la política de los gobernantes cusqueños. Fue la mejor
forma de imponer la religión, las costumbres y las leyes en los confines del
imperio. Aquí nació Atahualpa, el último de los Incas y existen familias que
todavía llevan su apellido. En la época de la conquista española en Otavalo se
fundó una de las principales encomiendas del reino de Quito que explotaba la
fuerza laboral de los indígenas que eran expertos tejedores. La fama los precede
pues aquí se realiza cada semana el mercado más importante de artesanías de
América del sur. Los otavaleños dedican su vida al trueque y al comercio y es
fácil verlos en cualquier parte del mundo ofreciendo sus productos.
La provincia de Imbabura en el pasado fue la morada del cóndor, desgraciadamente
hoy extinto. Tierra de los volcanes o "la garganta de los dioses" y de lagos o
"senos maternos donde fuimos engendrados". Es sin lugar a dudas uno de los
sitios más hermosos del Ecuador andino. Como habitantes de este continente
tenemos que reconocer que esta es la cuna de nuestra historia más primitiva.
Para conocer la región de Otavalo lo mejor es caminar con la mochila al hombro
por las distintas rutas que utilizan los campesinos y arrieros. Así uno puede
llegar hasta la laguna de San Pablo o Yahuarcocha (lago de sangre) para
continuar a la de Mojanda y terminar en la de Cuicocha que está rodeada de
páramos y bosque húmedo andino. Es un circuito de unos 60 kilómetros que nos
cuesta un par de días pero vale la pena la aventura. Los más osados, si les
provoca, pueden subir a la cima del volcán Imbabura ( 4000 metros ) que es la
tumba del trueno y el relámpago. Aconsejo también visitar el árbol-tótem Lechero
que se halla en las lomas del cerro Monserrate, fenómeno insólito al que se
atribuyen poderes como el de regalar lluvias en la época de sequía, curar
enfermedades y devolver la fertilidad a las mujeres. Postrados en el tronco
muchos peregrinos dejan sus ofrendas y beben su savia a la espera del milagro
divino.
Muy Cerca de Otavalo está el pueblito de Peguche donde existe un centro cultural
y refugio llamado el Aya Huma. Si alguno de ustedes se presenta por allí sus
encargados Guaku Lema y su esposa Mieke, junto a su hijos Kuti y Tua les
atenderán cordialmente. El Aya Huma representa al genio del carnaval y figura
central de su olimpo mitológico. El pueblo otavaleño es muy bravo y se resiste a
perder su lengua, el quechua, o sus raíces, a pesar de la inevitable integración
en el mundo moderno.
El indígena es parco, ama la música, es místico por naturaleza, de carácter
sencillo te brinda su amistad sin recelos. Los hombres van vestidos a la antigua
usanza con pantalón de bayeta, sombrero, poncho y alpargatas; mientras las
mujeres se visten con blusas blancas bordadas con flores y motivos geométricos,
les gustan las walkas o collares de mullos dorados, las makiwatanas o mullos
rojos hechos de coral, las chumbis o fajas, los anacos, las fachalinas, rebozos
y alpargatas. Estas prendas las lucen orgullosos pues su identidad la defienden
a muerte.
La región de Imbabura es famosa por los yachaj o chamanes conocedores del poder
de las plantas y la energía sobrenatural. Ellos siempre están dispuestos a
atendernos en los problemas de salud o del alma. Uno de los rituales más
conocidos es la limpia en la cascada de Peguche. Ésta comienza a las doce de la
noche y se prolonga hasta el amanecer. Los devotos se bañan durante horas en las
frías aguas de la cascada mientras el Yachaj los flagela con ortiga y los
asperja con un elixir mágico que mantiene en secreto. Incluso hay pacientes que
juran salir resucitados.
Y ni que hablar de los mercados campesinos, por su variedad y colorido son
fabulosos. El indígena es el verdadero guardián de la tierra, ellos durante
siglos seleccionaron genéticamente cada uno de los frutos autóctonos que hoy
hacen parte de la dieta universal como la papa, el fríjol, el maíz, la oca o la
quinua. Gracias a su infinito amor por la pachamama o madre tierra nos han
legado este incalculable tesoro.
Los viernes uno no se puede perder el mercado de la plaza de los Ponchos en
Otavalo. Allí es posible conseguir los más diversos artículos de artesanía,
textiles, cerámica o joyería. Gracias a mi amistad con Shiri,el Yachaj, fui
invitada por la comunidad a probar el famoso Cuy, el plato típico de la región.
El cuy o conejillo de indias se prepara en un horno de barro y es aliñado con
hierbas silvestres, ajo y pimienta. Se acompaña con arroz, papa y ensalada y de
bebida no falta la tradicional totuma de chicha para compartirla entre todos y
hacer un brindis al sol exclamando ¡kausachun Otavalo manta!
Recomiendo visitar Otavalo el 24 de junio día del Inti Raymi o solsticio de
invierno que es cuando la fiesta se vive en todo su esplendor , igualmente en el
mes de septiembre para el Yamor o la fiesta de la cosecha de maíz y claro, sin
pasar por alto los carnavales en el mes de febrero donde se presentan los
mejores grupos de música andina y de danzas folklóricas. Porque sobre todo
Otavalo es tierra de músicos y de poesía. fue en Peguche donde comenzó, a
finales de los años sesentas, la revolución de la música andina con el grupo
Ñanda Mañachi. Reconocidos maestros del siku, la kena, los rondadores, el
charango o la bandurria.
Bueno, espero que igual que lo hice yo ustedes disfruten de su estadía en
Otavalo, y no olviden que al mirarnos en el espejo de nuestros antepasados vemos
reflejado nuestro verdadero origen e identidad.
Carlos de Urabá y Chaska. Otavalo 2008
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