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Viaje al Perú misterioso III

Por MundoMisterioso.com



Sacsayuaman, la Fortaleza de los Gigantes

A las cuatro de la tarde Ernesto, mi nuevo guía, apareció en la Plaza de Armas de la ciudad. Tenía todo listo para mi nueva visita; nuestro destino: La fortaleza de Sacsayuaman, justo encima de la ciudad.

Hasta allí subimos caminando por calles empedradas, mientras me asombraba de las curiosas construcciones pétreas. Al llegar a la cima tuve una vista alucinante de la ciudad. Según muchos de los estudios realizados acerca de la configuración de las construcciones incas se afirma que estos modelaban sus ciudades como la silueta de ciertos animales sagrados para ellos. Así, Cuzco tiene, en su trazado, la forma de un Puma. Su cuerpo es la ciudad propiamente y la cabeza la conforma la fortaleza de Sacsayuaman. Desde esa perspectiva me daba cuenta de esa extraña forma de Puma. Y allí mismo, donde ahora me encontraba, estaba la cabeza. De hecho Sacsayuaman significaba precisamente eso, “cabeza jaspeada”.

Sacsayuaman es uno de los complejos arquitectónicos más imponentes de la humanidad. De acuerdo a la historia, su construcción fue iniciada por el noveno Inca, Pachakuteq, su construcción duró unos 50 años, hasta el período de Wayna Qhapaq, y se asegura que para su construcción se mandaron venir veinte mil hombres. Y entre tanta maravilla, lo que más llamaba la atención eran esos gigantescos bloques de piedra con que estaba construida la fortaleza. Hay uno que tiene una altura de 8.5 m. y pesa unas 190 tonelada ¿quién o qué fue capaz de levantar aquellas piedras gigantes y realizar aquella tremenda construcción? Ernesto, me ayudó a responder algunas de mis dudas.

“Hace unas semanas, allá abajo, en la Plaza de Armas de Cuzco, apareció la respuesta a eso que te preguntas. Se trataba de un hombre vestido con ropas antiguas y pieles, llegó a la ciudad sin dinero, venía a cambiar objetos antiguos por provisiones. Y, ¿sabes lo que era más extraño? Que media dos metros y cuarenta centímetros. Cualquiera de nosotros a su lado era un enano. Su visita provocó tanta expectación que le hicieron multitud de fotografías. Igual que llegó, se fue, y ¿sabes quien era? Uno de los gigantes, uno de esos seres que esperan en las montañas el regreso, era uno de los descendientes de los seres que movieron esas enormes piedras”. Confundido, escuché su explicación y guardé silencio.

“Las leyendas de mi tierra dicen que los gigantes, algunos les llaman wamani, pues están alojados en la parte más alta de la montaña, están esperando a que la humanidad evolucione lo suficiente como para que ellos puedan encarnar en cuerpos adecuadamente fuertes que aguanten su vibración. Las montañas y los volcanes, con sus potentes campos electro-magnéticos, mantienen a estas entidades invisibles.

Se les llama con diversos nombres: jahuayhuma (cabeza voladora), o se les tilda de demonios: sakhra, supay, muki. Los apurimachay (los que hacen hablar al Apu) relatan ahora que los dioses están regresando acá como personas. Esos gigantes están despiertos ya, y de vez en cuando bajan a la ciudad y se dejan ver. Ellos son la primera señal de que los Apus ya han comenzado a hablar. Y aquí, muy cerca de estas ruinas, hay un lugar donde puedes escuchar sus voces. Lo llaman la Cueva de la Luna. ¿Quieres visitarla?”

¡Una nueva casualidad! Todo en ese viaje me guiaba hacia ese extraño lugar, y ahora parecía estar mas cerca. ¿Era una casualidad? La casualidad es la forma en la que Dios habla cuando no deja su firma. Sin dudarlo, me dejé llevar y puse rumbo a mi nuevo destino.

La Cueva de la Luna
Ernesto había conseguido unos caballos que nos llevarían hasta la zona, un complejo arqueológico poco visitado por los turistas. Se trataba de: Salonpunku. El lugar también es conocido como el "Templo de la Luna" o "Cueva del Mono"; se encuentra sobre el antiguo Camino Inca que conducía hacia el Antisuyo, y seguramente también fue una de las "Wakas" o adoratorios mágicos mas importantes de su tiempo.
Se trataba de un conjunto de rocas natural que había sido aprovechado, en mitad de la nada, para crear un templo mágico. Había figuras de animales sagrados tallados en la roca, monos, serpientes, y todo funcionaba como un observatorio lunar. Había una especie de falla natural que cortaba en dos la piedra y, en el medio, se formaba una cueva en la que se habían tallado alacenas para guardar objetos. Por encima de la gruta había una pequeña abertura y, la media noche de la luna llena más cercana al solsticio de invierno, el interior de la cueva se iluminaba de una forma casi mágica.

Ernesto, aquel personaje humilde que me había conseguido el caballo, y que me mostró el camino hacia esa extraña cueva de la que tanto había oído hablar, se transformó al entrar en el lugar. Muchas veces había visto esa transmutación en seres de diferentes países. Seres humildes, hasta acomplejados frente a la civilización occidental, que, de repente, cuando entran en su mundo, en sus creencias, en sus rituales, se transforman de pronto y se convierten en gigantes, en seres poderosos.

Algo así le pasó a mi acompañante, de pronto, aquel pobre tímido, se transformó, su semblante se llenó de luz y su porte aumentó. A partir de ese momento sus palabras sonaron más poderosas.

“Este lugar ha sido utilizado desde hace siglos para comunicar con el mundo de Urin Pacha. El mundo de abajo. Este es el lugar donde puedes oír hablar a los Apus. Pocos son los que poseen el secreto, pero si lo deseas, esta noche podrás sentirlo tu mismo”.

La promesa sonaba tentadora. El atardecer llegaba y no tendría que esperar mucho, dejé que mi caballo pastase tranquilamente y me dediqué a sestear en la fresca hierba hasta que llegara el momento. Era noche de luna casi llena, y la vi salir majestuosa, tiñendo todo el cielo de un rojo intenso. Ernesto, sacó una bolsa de su zurrón y comenzó a esparcir sobre el suelo, donde previamente había puesto un manto, unas hierbas y polvos.

En aquella mesa de chamán improvisada, comenzaban a aparecer los elementos del universo mágico necesarios para establecer el contacto con el inframundo. El mundo de los muertos que esperaban la comunicación. Ernesto continuó con su trabajo. Encendió una pequeña vela que dio algo de luz a aquella escena. De pronto, me pidió que me arrodillase, me restregó unas hierbas perfumadas, ungió mi cabeza con unos aceites y me invitó a caminar tras él. Así lo hice.

Poco a poco, fuimos a cercándonos al interior de aquella waca. El silencio lo llenaba todo, los últimos campesinos hacía ya rato que habían abandonado el lugar, sólo quedábamos Ernesto, nuestros caballos, la noche y yo.

De pronto, cuando comenzamos a internarnos en medio de la roca pude sentir un susurro. ¿Lo sientes?- me dijo Ernesto-. Era casi imperceptible. Asentí con la cabeza y continuamos internándonos en la roca. Una vez dentro de la cueva, en el hueco más amplio y alumbrados por el resplandor de la pequeña vela, me hizo sentarme y esperar. No tardó mucho en mostrarse el fenómeno que esperaba.

Mientras Ernesto frotaba de nuevo las hierbas y rezaba una letanía en voz baja, un nuevo susurro, esta vez mas intenso, se sintió entre las paredes de piedra. Era tan intenso, tan vivo, que me puso los pelos de punta. Ernesto y yo nos miramos, él asintió, y por primera vez sentí en su rostro inquietud y temor. En voz baja me dijo: “Hay que tener cuidado, no siempre son buenos los espíritus que se muestran en este altar, hay ocasiones en que entidades atormentadas salen a la tierra a perturbar a los humanos, ¿tienes miedo?” Le respondí que no, aunque estuve a punto de echar a correr.

Continuó con su letanía y la voz se hizo aún más intensa. Al principio era sólo una, luego se unió otra más, y al rato era todo un coro de voces diversas y fantasmagóricas las que llenaban aquel recinto. Asombrado, trataba de buscar una explicación a aquel fenómeno. ¿El viento que se cuela entre las rendijas de la piedra, una alucinación, o será verdad que estoy oyendo esas voces? Ernesto enseguida me dio la respuesta.

“Son las voces de mis hermanos... ellos esperan el momento de renacer. El mundo de abajo esta listo para salir a la superficie y divulgar los misterios, es el momento de revivir nuestra tradición y dejar que el Inca se manifieste”.

Aquellas aseveraciones parecieron gustar a las voces que rugieron más intensamente. Como pude, acerqué mi espalda a la roca, parecía que de un momento a otro las voces iban a tomar forma y acabarían manifestándose allí mismo. La vela se iba consumiendo y todo se llenaba de sombras cuando, de repente, un rayo de luz de la luna iluminó la estancia de la caverna. En ese momento, Ernesto apagó la vela.

Un nuevo coro de voces volvió a manifestarse. Todo parecía rugir en medio de aquélla catedral de piedra. La luna iluminaba toda la estancia, y Ernesto saludó a los moradores de aquel lugar e hizo que me levantara. La ceremonia, la demostración, había concluido.

“Podría ser peligroso estar mas tiempo, algunas veces, las voces no sólo suenan, sino que toman forma y se hacen visibles a los humanos. En ese momento hay que estar muy cuerdo, muy equilibrado para ver lo que no es visible. Por hoy ya está bien, es mejor que nos vayamos ahora”.

Aturdido y con ganas de más, le hice caso y en silencio salí de la gruta. Afuera la noche ya había llenado el cielo de estrellas mientras el resplandor de la luna lo llenaba todo. Monté en mi caballo y me dejé llevar hasta la ciudad mientras paseaba por el medio de las ruinas de la gran fortaleza inca, en ese momento poblada por sombras y quien sabe si por otras voces del pasado que esperaban ser oídas. Al llegar a la Plaza de Armas, Esteban me dio su mano llena de callos y sonrió. Antes de partir, aún me dijo algo más.

“En 1992 se inició un Pachacuti positivo. La leyenda señala que vendrán los chakarunas, los hombres-puente, que reivindicarán la tradición andina, pero fusionada con lo mejor del legado español. Sobretodo, serán mujeres las que reactiven el cambio. El tiempo del Taki Onkoy ha terminado y ha empezado el tiempo del Inkarri. Comenzarán a reaparecer ciudadelas andinas ocultas por siglos, como Caral, la ciudad más antigua del mundo. No obstante, eso sólo sera el principio, pues se encontrarán muchos más Machus Pichus y Carales, pero, lo más importante será el descubrimiento de las bibliotecas incas y el renacimiento de mi pueblo”.

No dijo nada más, no quiso nada mas. Sólo mi cara de asombro por lo que había vivido esa noche fue su recompensa. Sin saber que era exactamente lo que había ocurrido caminé hasta el hotel y procuré dormir un poco, sin tratar de buscar demasiadas explicaciones. En aquel país aún me esperaban muchos lugares por descubrir, el misterio del lago Titicaca y su puerta dimensional, el Aramu Muro, o la ciudad dormida del Machu Pichu. O el mundo perdido de Kuelab una fabulosa ciudad perdida en mitad de la selva... pero esa ya es otra historia…

Escrito por Miguel Blanco

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Por MundoMisterioso.com
Publicado Friday 15 de February de 2008


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