En medio de una soledad profunda, avanzando por caminos polvorientos y desérticos, poblados apenas por arbustos y algunas pocas aves y mamíferos, se encuentra un lugar privilegiado: Punta Tombo.
La Reserva de Punta Tombo es la colonia reproductiva de pingüinos de Magallanes más grande de la costa continental patagónica. Fue creada por la Provincia de Chubut -Argentina- en 1979 y en sus 21 hectáreas alberga cada año medio millón de pingüinos que llegan para aparearse y tener sus crías.
Si bien son varias las reservas creadas para proteger la fauna marina en Chubut, la de pingüinos es muy especial porque es la única en la que se está tan cerca de los animales: puedes caminar entre ellos, observar cómo alimentan a sus pichones, presenciar algún cortejo o, incluso, alguna pelea y disfrutar de sus graciosas caminatas hacia y desde el mar a sus nidos. La única condición es no molestarlos ni tocarlos nunca. Son inofensivos pero se defienden con su filoso pico si se sienten atacados.
Los pingüinos llegan a Punta Tombo a partir de septiembre y están allí hasta marzo. Pero desde mediados de noviembre nacen los pichones y por ello el atractivo aumenta.
A Punta Tombo puedes llegar en auto o contratar una excursión en Trelew, Rawson o Puerto Madryn, cuyo valor es de aproximadamente U$30.
Partiendo de Trelew por Ruta Provincial Nro. 25 (hacia Rawson) a unos 7 kilómetros, a la derecha, se encuentra el empalme con la Ruta Provincial Nro.1 que lleva a Punta Tombo. Son 107 kilómetros de ripio que, durante la temporada, son mantenidos diariamente. Sin embargo debes conducir con mucha precaución porque estos caminos son traicioneros: con una maniobra inadecuada terminas afuera rápidamente y es difícil controlar el vehículo por las piedras sueltas.
Tardarás entre 1 ½ y 2 horas para arribar y es necesario proveerse de combustible, agua y alimentos ya que en el camino no hay donde hacerlo. Conviene partir a la mañana temprano para aprovechar mejor el día y porque, en general, luego del mediodía comienza a soplar más viento.
El trayecto para algunas personas resulta árido y aburrido por su monotonía, pero simplemente hay que aprender a disfrutar de estos paisajes y apreciar sus diferencias. Aquí la soledad y la aparente quietud son los rasgos distintivos. A poco de iniciar el viaje cruzarás la estancia Cabaña el Descanso por el medio de su predio; luego de la casa principal, a tu derecha, verás los corrales y el lugar que sirve de bañadero para las ovejas. Durante el camino cruzarás cada tanto alguna pequeña arboleda, que sirve de resguardo a las moradas de las estancias, los molinos de viento que permiten transportar agua dulce y rebaños de ovejas. También hay que considerarlas en el manejo, ya que pueden cruzarse de repente de un extremo a otro del camino.
Una característica propia de la costa y centro de la Patagonia es la inmensidad del cielo, normalmente poblado de algunas nubes que sirven para distraerse imaginando figuras a partir de sus formas.
De vez en cuando podrás ver manadas de guanacos y de choiques (o avestruces). Resulta interesante detenerse un momento para observarlos, pero cuando tratamos de acercarnos para la foto salen corriendo. También es posible que crucen rápidamente liebres patagónicas o maras, martinetas, zorros grises y algún piche.
Durante todo el trayecto, cada diez o veinte kilómetros, encontrarás guardaganados, pequeños fosos cubiertos de unos hierros paralelos, que impiden el traspaso de animales de una estancia a otra vecina. Es importante disminuir la velocidad ya que saltamos un poco al pasar por ellos y podemos perder el control del vehículo.
Luego de pasar Dos Pozos y unos 25 kilómetros antes de llegar hay una bifurcación. Debes tomar hacia la izquierda -presta mucha atención porque la señalización no es muy visible- y luego de la Estancia Tombo, donde no está permitido detenerse ya que es propiedad privada, accederás al puesto del Guardafaunas de la Reserva.
Allí abonas el ingreso que es de $5 para los mayores no residentes en Chubut y además puedes obtener toda la información y las indicaciones necesarias para saber qué está permitido hacer y por dónde se puede recorrer a partir de allí. También hay un pequeño kiosco-bar donde puedes obtener agua, gaseosa y algún sandwich, y baños públicos, no siempre en el estado que todos quisiéramos ya que el agua para asearlos escasea. Por si es necesario, el guardafaunas puede comunicarse por radio ante una emergencia.
Una vez que traspasas la barrera frente al puesto de guardafauna debes circular muy despacio porque es territorio de los pingüinos y ellos cruzarán el camino para llegar a sus cuevas o para ir al mar en busca de comida. Obviamente, el paso lo tiene el peatón.
Luego de 1 kilómetro aproximadamente, se encuentra el área de estacionamiento de vehículos; a partir de allí comienzan las sendas por las que se toma contacto con los pingüinos. La zona de acceso permitido se encuentra delimitada por alambrado. A su vez hay que andar con cuidado para no estropear las cuevas que hacen los pingüinos ya que, aunque la mayoría se encuentran bajo los arbustos, algunas están a los costados de las sendas.
Al comenzar el recorrido cruzarás un pequeño puente de madera donde todos queremos detenernos, porque desde la costa vienen con su característico andar los pingüinos y pasan por debajo del puente, es decir, por debajo de tus pies! En realidad allí no debes detenerte, para no interferir el paso de los demás visitantes, y verlos desde un costado.
Tomando hacia la izquierda y siguiendo las sendas, bajo los arbustos, generalmente, encontrarás a la familia. Si realizas la visita desde mediados de noviembre además conocerás a los pichones y en febrero todo está cubierto de plumas ya que los jóvenes mudan su plumaje. Durante el recorrido hay carteles de madera donde explican brevemente, en español e inglés, todo lo referente a la vida de los pingüinos. Hacia el límite izquierdo hay unos pequeños acantilados de rocas desde donde se observa la playa y cientos de pingüinos nadando o tomando sol.
Hacia el otro lado una senda lleva al final del recorrido donde, si bien no hay tanta cantidad de pingüinos, es interesante porque muchas veces se ven manadas de guanacos y avestruces.
Todo este paseo demanda unas 5 horas aproximadamente. Pero si aún te queda algo de tiempo, al regresar puedes acercarte a Isla Escondida, una playa solitaria donde los lugareños pescan, acampan -no hay camping organizado ni baños ni agua potable- y disfrutan del sol. El camino que te llevará hasta allí se encuentra a la izquierda a unos 55 kilómetros de Punta Tombo, no muy bien señalizado por lo que hay que estar atento. Hacia la costa te tomará unos diez minutos y podrás caminar por largas playas de piedritas repletas de caracoles y algunos fósiles y, si te animas, darte un chapuzón -el agua es bien fría. Hacia la derecha está el lugar preferido de los expertos ya que pescan róbalos, pejerreyes y extraen pulpos de los grandes charcos que deja el agua entre las rocas cuando baja la marea.
Si vuelves al atardecer -alrededor de las 20:30 hs. en verano habiendo algo de luz hasta las 22 hs- no puedes perderte el colorido: si fue un día ventoso el premio es el rojo fuego del cielo. La puesta del sol en los caminos patagónicos es un espectáculo digno de presenciar.
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La vida de los pingüinos
Los Spheniscus magellanicus, conocidos por todos nosotros como los pingüinos de Magallanes, llegan en primavera a las costas patagónicas, mientras que en invierno se desplazan hasta 3.000 kilómetros a aguas más cálidas como las de Brasil.
Sus nidos se encuentran mayormente en lugares cercanos a la costa porque allí el suelo es más fácil de trabajar. En general están en cuevas o al aire libre bajo los arbustos y es común que los mismos nidos sean utilizados por los pingüinos año tras año. Tanto hembras como machos construyen y defienden el nido, incuban los huevos y alimentan a los pichones.
Durante el cortejo y la incubación los pingüinos permanecen en tierra, no se alimentan y sólo se dirigen al mar para beber. El período de incubación, generalmente de 2 huevos, es de 40 días a partir de principios de octubre. Los pichones nacen cubiertos de un plumón gris que mudan durante febrero y recién al año siguiente obtienen el plumaje definitivo.
Dentro de su alimentación se encuentran los peces -anchoítas- y calamares, por ello los adultos regresan al mar cada 2 a 6 días para conseguir alimento para sí y para sus crías.
Los pingüinos pasan gran parte de sus vidas en el agua, e incluso duermen en ella. Son expertos nadadores y, aunque en tierra los vemos lentos, en el mar poseen una velocidad de hasta 8 kilómetros por hora utilizando sus aletas para impulsarse y sus patas como timón.
Los pingüinos adultos machos pesan entre 4 y 5 kilos y se diferencian de las hembras por su mayor tamaño y porque poseen su pico más largo y grueso. Estos animales son muy "coquetos", ya que pasan gran parte del tiempo cuidándose su plumaje para mantener la impermeabilidad y la estructura de sus plumas.
Dentro de los predadores de los pingüinos se encuentran el petrel gigante y la orca, quienes se alimentan preferentemente de los juveniles o los enfermos. Y, lamentablemente, el hombre también contribuye con la muerte de pingüinos a través de sus redes de pesca y el derramamiento de combustible y petróleo. El empetrolamiento hace que las plumas del animal pierdan su capacidad aislante; por ello ya no pueden nadar en las aguas frías, se echan en la playa y mueren por la falta de alimento e intoxicación.
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