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La Bolonia del Duecento

Por ElMundomedieval.com

En el siglo XIII la ciudad triplica su recinto
amurallado y construye plazas, torres y palacios, al tiempo que se dota de las infraestructuras propias de una gran metrópoli.


En la Antigüedad Tardía y en la Alta Edad Media, Bolonia es una ciudad en plena decadencia. Las partes habitadas casi no llegaban a ocupar la tercera parte de lo que había sido la Bononia de la época de Augusto. Tras la invasión lombarda del año 568 y la posterior estabilización de la frontera entre el reino lombardo y el exarcado bizantino, delimitada por el río Panaro, Bolonia se convirtió en una ciudad fronteriza a la que los bizantinos dotaron de una muralla, la de Selenite, de 1200 m de perímetro y que rodeaba una superficie de apenas 21 hectáreas. Todos los terrenos del interior de este recinto fueron siendo progresivamente edificados y la única calle que conservó cierta amplitud fue denominada platea maior, topónimo que durante siglos ha confundido a los historiadores boloñeses. Incluso el espacio reservado al mercado cotidiano —parte básica e insustituible de una ciudad— tuvo que ser ubicado fuera de las murallas, en un gran prado que había sido utilizado como tierra de nadie, tras la conquista de Bolonia en 728 por el rey Liutprando. En este gran prado (que durante un milenio será el mercado de Porta Ravegnana) fueron construidas más tarde, entre finales del siglo XI e inicios del XII, dos famosas torres, la de los Asinelli y la Garisenda.

La expansión urbana
Aproximadamente durante el convulso periodo en el que tuvo lugar la lucha entre Sacerdotium y Regnum, conocida como Querella de las Investiduras, en Bolonia surgieron dos instituciones que iban a resultar claves en la historia de la ciudad: el Ayuntamiento (Comune) y el Studium, es decir, las escuelas de derecho civil y canónico que constituyeron la primera Universidad de Europa. Fue precisamente el Studium el que propició la llegada a Bolonia de miles de estudiantes (scholares) procedentes de toda Europa, hecho que conllevó a su vez la llegada de un gran número de artesanos, mercaderes, copistas, prostitutas, etc. Durante varios decenios, aquella ciudad que había sido un modesto oppidum fronterizo, se convirtió en uno de los núcleos urbanos más importantes de la Europa de la época.
El primer gran problema que comportaba esta masiva inmigración era la carencia de viviendas. En la pequeña zona protegida por las murallas, una vez se hubo construido hasta el límite, se comenzó a utilizar el espacio en altura, edificando torres, y un siglo después se comenzó a habitar los sótanos. Pero la gran expansión urbanística tuvo lugar mediante la construcción y ampliación de nuevos barrios fuera de la muralla, ya fuera ocupando hacia el oeste y el norte los espacios abandonados de la civitas antigua rupta, ya fuera edificando hacia el este y el sur viñedos y huertos, progresivamente repartidos entre los grandes propietarios laicos y, sobre todo, eclesiásticos de la zona (particularmente documentadas son las parcelaciones, en esta primera fase de expansión urbana, del monasterio de San Esteban).

El recinto de los Torresotti
El segundo gran problema que provocaba este rápido crecimiento de la ciudad era la carencia de agua para uso privado y económico. De hecho, Bolonia, por su posición, no posee ríos que la atraviesen, tan sólo un modesto torrente, el Aposa, que ya había sido utilizado por romanos y bizantinos para suministrar agua al foso defensivo de la ciudad. Ante esta carencia, los romanos construyeron un acueducto, excavado debajo de las colinas, que recogía el agua del río Setta, a una distancia de 20 km de la ciudad. Sin embargo, este acueducto había sido abandonado en época tardo-antigua y después fue totalmente olvidado hasta el siglo XIX, cuando fue descubierto y vuelto a utilizar.
Las dos exigencias prioritarias para una ciudad que doblaba y triplicaba en el transcurso de pocos decenios su población, es decir, el problema hídrico y el defensivo, fueron afrontados y resueltos al mismo tiempo y con una extraordinaria lucidez por una clase dirigente que estuvo a la altura de la situación y que no cedió a las amenazas de acabar con las libertades de la ciudad por parte del emperador Federico Barbarroja.
Las primeras grandes obras públicas realizadas por el Comune (gobierno de la ciudad) de Bolonia, tan sólo unos meses después de la victoria en la batalla de Legnano, que aseguraba a las ciudades de la Liga Lombarda la plena autonomía, fueron el inicio de la construcción de una nueva muralla y de un canal artificial que condujera a la ciudad el agua del río Sàvena para proporcionar agua al foso del nuevo recinto amurallado y, en especial, suministrar agua y energía hidráulica a la ciudad. Las nuevas murallas (el “recinto de los Torresotti”), comenzadas en el otoño de 1176, y terminadas unos treinta años después, tenían una extensión de más de cuatro km y comprendían un área de 112 hectáreas, más de cinco veces la extensión de la ciudad alto-medieval. Sin embargo, esta ampliación resultaba insuficiente, pues la ciudad continuó expandiéndose más allá de las segundas murallas y tuvo que proyectarse, hacia los años treinta del siglo XIII, un tercer recinto amurallado de un perímetro de siete km y medio que englobaba un espacio urbano de 418 hectáreas —aunque con grandes áreas reservadas a huertos y viñedos—, es decir cuatro veces el espacio circundado por la segunda muralla y veinte veces el de la primera.

Los canales de la riqueza
Sin embargo, la decisión más acertada, portadora de seculares y beneficiosas consecuencias para el conjunto de la ciudad, fue la construcción del canal de Sàvena. La obra, de más de cinco quilómetros de longitud, y realizada en un año, fue providencial para hacer funcionar los innumerables molinos de grano y las decenas de máquinas hidráulicas indispensables para las actividades artesanales y productivas. El imponente esfuerzo financiero llevado a cabo para la excavación del canal y el inicio de la construcción de las murallas impidieron, no obstante, al Comune construir otro canal más largo que llevara agua a la ciudad desde el río Reno. Esta empresa fue llevada a cabo por una sociedad privada (llamada posteriormente “ramisanos” puesto que eran los propietarios del ramo, es decir, del canal de Reno) en el año 1183, después de la paz de Constanza, que disipaba cualquier tipo de duda sobre la autonomía política y económica de la ciudad.
Fue en 1208 que el Comune compró a los ramisanos el derecho a utilizar parte del agua del canal para alimentar el canal Navile, que entonces comenzaba a construirse para unir Bolonia al Po y, desde allí, al mar, haciendo de este modo posible un servicio regular de transporte fluvial de hombres y mercancías entre Bolonia y Venecia. En 1219 el Comune procedió a la expropiación o, con términos más modernos, a la nacionalización de todos los molinos de grano situados en el último tramo del canal de Reno, que más tarde será llamado el canal de los Molinos.
En la construcción de los canales de Sàvena y de Reno, y en el sistema capilar de distribución y explotación de la energía hidráulica que estos canales propiciaron reside la feliz paradoja de la historia urbanística, aparte de económica, de Bolonia. Una singularidad bien percibida ya por el cardenal Anglico en su Descriptio Bononie (Descripción de Bolonia) de 1371, e incluso mejor expresada por Benedetto Morandi en su oración De Bononiae laudibus (Elogio de Bolonia) de 1481, donde afirmó: “Ninguna ciudad ha ganado tanto del curso natural de un río como Bolonia del curso artificial de sus canales”.


Los palacios de la ciudad
Dedicado a resolver las dos cuestiones más urgentes y a dar soluciones inmediatas a los numerosos problemas que planteaba una realidad política, económica, demográfica y social en continuo y tumultuoso crecimiento y transformación, la gestión política del Comune boloñés llegó un poco tarde, en comparación a otras ciudades, a la hora de establecer una sede apropiada para las instituciones comunales, hasta entonces ubicadas en un restringido espacio urbano (la curia Sancti Ambroxii) e incluso en antiguas casas privadas (la curia Bulgari). Mas, al igual que sucedió con los proyectos de las murallas y los canales, en este caso se idearon dos soluciones: la construcción del palacio del Comune y la creación de una gran plaza que sirviera de sede al mercado diario de aquellos géneros que el Comune deseaba tener bajo constante y estricto control y, al mismo tiempo, de lugar destinado a la vida política y civil.
Para realizar este proyecto se aprobó la demolición del área situada en el centro del espacio urbano delimitado por la segunda muralla y, por consiguiente, no coincidente con el antiguo foro romano —del que quizás ya se habían perdido las huellas—, ni con la zona del palacio imperial de edad precedente a la época del Comune, ni con el de la catedral ni el obispado, marcando así la autonomía, e incluso la contraposición, del poder municipal con respecto al eclesiástico, ya desde tiempo atrás en franca oposición en materia de jurisdicción territorial sobre las diversas localidades del contado.

Ocupar la plaza
La zona escogida, de una hectárea de extensión y con cierta forma trapezoidal, estaba entonces ocupada por una densa red de casas, torres e iglesias. En los primeros meses del año 1200 se iniciaron las expropiaciones, minuciosamente documentadas en el Liber Grossus, el voluminoso registro del Comune preparado por el famoso maestro del notariado Ranieri da Perugia. Entre las decenas y decenas de adquisiciones realizadas por el Comune “pro curia et palatio comunis faciendo” (“para hacer la curia y el palacio del ayuntamiento”), había también un complejo de casas perteneciente a los Torelli, una familia en parte de origen boloñesa, establecida entonces en Ferrara.
Tras las expropiaciones, pronto se llevaron a cabo las demoliciones y se inició la construcción del palacio del Comune, también llamado del Podestà (máximo cargo de la ciudad), del que ya se estaban construyendo las bóvedas del pórtico el 20 de marzo de 1201. Mientras tanto, se realizaban otras adquisiciones y demoliciones, que pueden considerarse finalizadas en 1250, cuando el Comune consiguió derribar también la pequeña iglesia, propiedad del obispado, de San Apolinar creando así la platea comunis (posteriormente llamada, como en la actualidad, plaza Mayor), casi tan amplia como la actual, aunque con algunos edificios diferentes (el palacio de los Notarios y la fachada de la grandiosa basílica de San Petronio se remontan a finales del siglo XIV).
Construida la gran plaza del Comune —destinada a convertirse en el centro de los más importantes sucesos políticos de Bolonia en una época en la que “ocupar la plaza” significaba “tener cautivo el poder”, motivo por el que el linaje forastero de los Visconti y el poder eclesiástico convirtieron la plaza en una fortaleza urbana en el siglo XIV rodeándola con una muralla—, la clase dirigente acertó al dotar la ciudad de un amplio espacio público reservado al mercado semanal, al mercado de animales y a las dos ferias anuales.

El palacio del rey Enzo
El área central de la ciudad fue de nuevo transformada por la intervención pública cuando se decidió en 1244 (es en diciembre de ese año cuando se iniciaron las expropiaciones de los edificios para demoler) construir un nuevo palacio en la parte posterior del antiguo, que ya resultaba insuficiente para albergar todas las oficinas públicas que se iban creando a medida que la estructuraadministrativa era cada vez más compleja. Para distinguir estos dos palacios se comenzó a hablar del palatium vetus y del palatium novum, aunque este último fue llamado popularmente (como aún hoy en día) palacio del rey Enzo, debido a que parte de éste fue utilizado como prisión de Enzo, rey de Cerdeña e hijo del emperador Federico II, que los boloñeses habían capturado en la batalla de la Fossalta (1249) y que mantuvieron cautivo hasta su muerte, en 1272.

La campana del pueblo
La rápida transformación de la escena política, con la afirmación del partido del populus, que ya desde 1245 había constituido una especie de gobierno en la sombra (el consejo de los Ancianos) y que en 1255 estaba liderado por un jefe, el Capitán del Pueblo, que hacía de contrapeso al poder del Podestà, impulsó la construcción, en una zona adyacente al palacio Nuevo o del rey Enzo, de un tercer palacio público, llamado del Capitán del Pueblo. Este edificio englobó una torre de los Lambertini, sobre la que se colocó la campana del pueblo en 1291. Recientemente Paola Foschi ha considerado que ambos palacios, el del rey Enzo y el del Capitán del Pueblo, fueron comenzados entre 1244 y 1246, y que es al conjunto al que se atribuye la definición de “palatium novum communis” que se halla en crónicas y documentos.
Un cuarto palacio público (la actual sede municipal) tuvo como núcleo original algunas casas que ya daban a la plaza y que pertenecían al famoso jurista Francesco d’Accursio. El Comune las adquirió en 1287 para construir el granero público, de ahí el nombre de palacio de la Biava (forraje). A ese palacio —con forma de maciza casa-torre— se transfirieron en 1336 los Ancianos y, algunos decenios después, tras las oportunas ampliaciones sobre todo ese lado de la plaza, también el Legado pontificio. El primer palacio del Comune, el palacio viejo o del Podestà, fue en parte reconstruido por Giovanni II Bentivoglio, entonces señor de la ciudad, en 1483. La reestructuración, que afectó particularmente la facha a la plaza y que comportó la desaparición de las dos escaleras laterales, se llevó a cabo según el proyecto del gran arquitecto boloñés Aristotele Fioravanti (el mismo que después construyó la catedral de la Asunción y la iglesia del Arcángel Miguel en el Kremlin de Moscú, donde fue llamado por el zar Iván III y donde murió en 1490). Se fijaba así, a finales de la Edad Media, el aspecto casi definitivo —faltaba todavía el palacio de los Bancos— de un espacio público considerado entre los más sugestivos de Italia.

Antonio Ivan Pini, profesor de Historia Medieval

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Por ElMundomedieval.com
Publicado Monday 10 de March de 2003


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