Iconos del paisaje medieval de la Península Ibérica, los castillos levantados por la Orden del Temple son joyas arquitectónicas que pueden descubrirse prácticamente por todos los rincones de la geografía española.
La Orden del Temple penetró muy temprano en los reinos cristianos de la Península Ibérica. Tan temprano, que incluso hay indicios reveladores de que ya se encontraban caballeros templarios por España antes incluso de que la Orden fuera oficializada en el Concilio de Troyes y de que Bernardo de Claraval le hiciera entrega de la Regla por la que se regirían.
Los templarios formaron parte activa de la historia militar, política y religiosa —y, por qué no, también esotérica— de los reinos de la Reconquista, prácticamente durante sus doscientos años de existencia. Y, aun después de su desaparición, siguieron marcando su destino a través de un recuerdo que ha cabalgado entre la realidad y el folclor, formando parte de esa tradición de la que, en fondo, ignoramos dónde termina la crónica y dónde empieza la fantasía. Aquellos que Campomanes, su primer historiador autóctono, llamó en el siglo XVIII “los pobres comilitones del Templo de Salomón”, se extendieron por todo el territorio cristiano. Y en sus tiempos de mayor esplendor, sus casas, castillos y oratorios, sus granjas y encomiendas, pudieron localizarse en las ciudades más importantes y en los lugares más agrestes de la superficie peninsular e insular. Del mismo modo, casi en todo el territorio, sus posesiones pasaron, tras su desaparición, a otros propietarios que no fue raro que intentaran hacer olvidar su huella, incluso atribuyendo a aquellos restos unos orígenes y hasta unos significados simbólicos que trataban de borrar la memoria templaria y, de paso, el sentido especial que el Temple otorgaba a sus edificaciones, sobre todo cuando formaban parte de su obra y no eran herencia de la anterior presencia musulmana, de la que tomaron muchas de sus fortificaciones.
Es imposible reducir a las dimensiones de un artículo la amplitud de un tema como el que tratamos. Por ello, aquí, nos limitaremos a trazar algunos recorridos por parajes concretos de la Península en que el Temple dejó parte de su legado. Al mismo tiempo, a pesar de que procuraremos ceñirnos a la realidad, tampoco rehusaremos penetrar en lo que la leyenda ha ido atribuyendo al Temple.
El Temple leonés
Los caballeros templarios colaboraron activamente en la conquista de las Extremaduras que el reino de León emprendió durante buena parte del siglo XII, en la época de su separación de Castilla. Su colaboración en la reconquista de aquellos territorios fue, sin duda, decisiva. Y sus reyes, con Fernando II a la cabeza, premiaron sus esfuerzos no sólo dándoles la propiedad o la custodia de numerosas fortalezas de aquella frontera que poco a poco iba ampliándose y sobrepasaba ya la línea del Duero, sino que, atendiendo a los fines que proclamaba su regla, les hizo donación de importantes territorios lindantes con el Camino de Santiago, para que el Temple los protegiera y defendiera a los peregrinos de aquella ruta, cuyo itinerario oficial habían establecido poco tiempo atrás los monjes de la Orden de Cluny.
Ponferrada: El centro neurálgico de aquellas donaciones fue la comarca leonesa del Bierzo. Y la ciudad de Ponferrada constituyó su base de operaciones, con una fortaleza medio derruida que los templarios convirtieron en su centro de actividad en la zona. La reconstrucción y adaptación de aquel lugar a sus fines hicieron que el castillo de Ponferrada se convirtiera, con el tiempo, en un hito de la presencia templaria peninsular. Y hoy mismo, cuando se habla o se escribe sobre la importancia que tuvo la Orden en la Reconquista, su nombre constituye un punto de referencia obligado, aunque nunca sirvió a los fines defensivos y militares para los que fue concebida.
En cierto sentido, el Temple conformó el paradigma berciano. Y si hoy el Bierzo constituye, con la Maragatería, el entorno leonés con más fuerte dosis de personalidad, en buena medida es gracias a los freires que lo adaptaron a sus fines, a sus necesidades y a sus proyectos. Además, fueron ellos los que introdujeron allí la devoción mariana y establecieron el culto a la virgen patrona, Nuestra Señora del Olivar, cuya tradición parece remontarse a los tiempos en que los templarios procedían a la reconstrucción de la fortaleza y levantaron el santuario que se encuentra junto a ella. La tradición de la comarca atribuye al Temple su milagroso descubrimiento, que, según la leyenda, se debe a un caballero de la Orden a quien se apareció la imagen, rodeada de luces, mientras los obreros a su servicio recogían piedra y talaban árboles para la reconstrucción del castillo.
Pero, a poco que indague en el pasado, el viajero curioso de nuestros días puede descubrir otros factores que potenciarán la importancia que tuvo la Orden templaria en aquellas comarcas y el interés paralelo que aquel territorio pudo jugar en sus fines y en el progreso de su ideario, tanto material como espiritual, e incluso político y económico.
Las Médulas y su entorno templario: Una de las sorpresas que aguardan al que recorre aquellas comarcas es el descubrimiento, muy cerca de Ponferrada, del insólito paraje llamado Las Médulas, hoy promocionado por el turismo, pero casi desconocido por la gente hace aún menos de cincuenta años. Las Médulas son todo lo que queda de la más importante estructura creada por Roma para abastecer de oro las arcas del Imperio. Constituye un insólito conjunto de pequeños montes rojizos que no son más que restos de una mina gigantesca, abierta a los cuatro vientos, de la que se extraía el precioso metal cuando se soltaban las presas construidas en las alturas de los montes de León y el agua liberada se precipitaba sobre las tierras auríferas, arruinándolas literalmente y poniendo la ganga al descubierto. Roma explotó el yacimiento durante dos siglos, pero, por razones que nunca se han llegado a conocer con exactitud, lo abandonó súbitamente, y el lugar, con el tiempo, quedó olvidado, para dejar de constituir un recurso económico.
Sin embargo, hay motivos que permiten sospechar que los templarios redescubrieron aquel filón de riqueza y reanudaron secretamente su explotación. Entre otras razones cabe aportar el notable incremento de la riqueza de la Orden después de entrar en posesión de estos territorios y, más significativo aún, el hecho de que emprendiera la construcción de varios castillos en torno a la vieja zona minera, cuya utilidad no se entiende si no los consideramos como fortalezas destinadas a la protección de un territorio digno de ser guardado por su riqueza. Las ruinas de aquellos castillos pueden visitarse todavía, aunque penosamente. Y los nombres que reciben —Cornatel, Corullón, Pieros— dan cuenta de su origen templario y permiten sospechar los fines que rigieron su erección.
Al otro lado de los montes, hacia la comarca de la Maragatería, el Temple estableció también importantes encomiendas (como la de Turienzo de los Caballeros, todavía en pie), siempre cercanas a minas de oro largamente abandonadas por Roma y muy probablemente, vueltas a poner en explotación por la Orden.
Hitos de espiritualidad: Desde las alturas de las torres desmochadas de Ponferrada, mirando hacia las cumbres que fueron ancestralmente sagradas de los montes de León, se extiende un territorio que, hasta la invasión musulmana primero y, después, tras la primera reconquista de la zona por el incipiente reino asturiano, conformó una zona especialmente bañada por la espiritualidad de una legión de anacoretas y monjes. Éstos, bajo la influencia mística de un hombre santo conocido como san Fructuoso del Bierzo (que llegó a ser obispo de Braga), llevaron aquel enclave a las cumbres del más puro sentimiento místico, empapado en ocasiones por los heréticos idearios heredados del gran maestro heterodoxo Prisciliano, que fue mandado decapitar por orden de la Iglesia en los últimos lustros del siglo IV.
La zona, recuperada tras su temprana repoblación por monjes que tomarían con el tiempo el hábito de San Benito, tuvo relaciones muy estrechas con los freires templarios y guarda auténticos tesoros de la arquitectura sagrada primitiva, como es el caso de la iglesia de Santiago de Peñalba, los restos del cenobio de San Pedro de Montes y otras asombrosas muestras de su cultura, tales como la increíble herrería de Compludo, que todavía funciona en nuestros días con la única energía que le transmite la corriente de un riachuelo vecino desde hace casi dos mil años. Un prodigio casi milagroso de la técnica ecológica más ancestral.
Finalmente, mencionemos la visita obligada al Museo Diocesano de Astorga, donde se conserva, celosamente guardado, uno de los ejemplares de cruz patriarcal que fueron propias de la Orden del Temple y de las que existen en España otros ejemplos emblemáticos, como la Cruz de Caravaca o la que se guarda en Zamarramala, procedente de la iglesia templaria segoviana de la Vera Cruz.
El Temple catalano-aragonés
También en Aragón y Cataluña, la Orden del Temple hizo acto de presencia casi desde sus primeros tiempos. Cuando el conde Ramón Berenguer IV se hizo cargo de la regencia de la Corona de Aragón, dando lugar a su gloriosa dinastía de los condes-reyes, ya su padre había muerto cubierto con el hábito de la Orden, a la que había dejado en testamento su caballo y su espada, revelando así su pertenencia honorífica a la misma. En aquellos momentos, aquel extenso territorio vivía inmerso en el conflicto provocado por el testamento de Alfonso el Batallador, que, muerto sin herederos directos, había legado sus dominios a las órdenes militares nacidas en Tierra Santa, entre ellas, con clara preferencia, a la recién constituida del Temple.
La nobleza autóctona se rebeló contra aquella decisión y entregó el trono al hermano del monarca fallecido, Ramiro el Monje, que reinó el tiempo suficiente para concebir una hija a la que casó, teniendo apenas cuatro años, con el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV, antes de retirarse de nuevo a un monasterio. Con ello se restituyó la continuidad monárquica, pero las órdenes militares, y sobre todo el Temple, tuvieron que ser resarcidas por el incumplimiento de las cláusulas testamentarias de Alfonso el Batallador. Y aquel fue el origen inmediato del establecimiento de aquellas órdenes en el nuevo reino, con cuyos monarcas colaboraron activamente en su expansión territorial durante los casi dos siglos de presencia en el mundo cristiano.
Monzón, la referencia emblemática: Hablar del castillo de Monzón es mencionar uno de los períodos señeros de la historia de la Corona de Aragón y comenzar a internarnos en la figura de su monarca más notable, Jaime I el Conquistador, el que le dio la magnitud histórica que la personalizaría durante doscientos años y marcaría indeleblemente su carácter. Visitar este castillo es adentrarse en su singladura y aceptar su importancia, por encima de la huella del tiempo que lo ha convertido ya en una grandiosa ruina. Pues, a pesar del deterioro sufrido, sigue transmitiendo su antigua importancia, tanto mientras fue refugio y escuela de aquel rey cuando era niño, como cuando sirvió de sede de cortes, donde se decidieron las empresas fundamentales que se emprenderían en aquel reinado repleto de acontecimientos notables que habrían de marcar su destino. Allí fue llevado el rey Jaime por los templarios cuando era maestre de Aragón Guillén de Montredón, que le liberó de la custodia a que le tenía sometido el caudillo cruzado Simón de Monfort, después de que su padre, el rey Pedro II, fuera vencido y muerto en la batalla de Muret (1213), mientras peleaba del lado de los cátaros occitanos, cuando el papa Inocencio III ordenó dar carácter de cruzada a la terrible represión que se había desatado contra ellos.
Allí, en Monzón, forjó Jaime I su carácter, allí aprendió las artes de gobernar y de la guerra e incluso, posiblemente, allí mismo fue preparado también por el Temple para fines más altos que las circunstancias históricas le impidieron alcanzar. Al castillo, o a lo que queda de él, se accede desde casi el mismo centro de la población, a la que aún protege con su mole. Desde el suelo del ábside de su iglesia parte un túnel ya cegado que se dividía en tres ramas que comunicaban la fortaleza con la casa que los templarios tenían en el pueblo, con el río y con la fuente de Santa Quiteria, que tiene fama de haber manado aguas milagrosas.
En torno a la ciudad de Monzón, donde se conservan aún restos de casas de la época, la huella templaria se multiplica, desde el santuario mariano de Nuestra Señora de la Alegría, cuyo culto introdujo la Orden y que conforma el esquema devocional de la comarca, hasta restos del cementerio de los freires, perdido casi por la ladera del monte. Remontando hacia el norte el curso del Cinca, se alcanzan las ruinas de la pequeña fortaleza de Castejón Cebollero, que perteneció a la Orden desde 1220. Y siguiéndolo hacia el sur, se localizan otros dos castillos gemelos, los de Belver y Chalamera, que guardaban la entrada al territorio aragonés, mientras, ya en tierra catalana, junto al vecino Segre y en las cercanías de Lleida, se encuentran los fortines de Remolins —una de las primeras posesiones del Temple en el reino—, Corbins, que es ya apenas un vestigio, y Gardeny, que se alzaba en la misma capital.
En tierras de conquista: Siguiendo desde Lleida camino de Barcelona, Cervera marca el inicio de un territorio templario que constituyó posesión de la Orden cuando ésta se incorporó a la conquista de los territorios musulmanes que había emprendido la Corona de Aragón. Casi formando parte del recinto de la ciudad se elevaba aquí el castillo de Granyena, ya totalmente arruinado, cuyas piedras sirvieron posteriormente para la construcción de muchas casas de la localidad. Templario fue también, en sus orígenes, el santuario de la Mare de Déu del Camí, todavía de gran devoción local. Y, a la salida del pueblo, se levanta una de las capillas que la Orden marcó con su impronta: el templo circular llamado de Sant Pere del Gros, que sería templo iniciático de la Orden. Una escalerilla incrustada en el muro del sur permite acceder a una cámara tapiada que, según la gente del lugar, está repleta de huesos humanos.
Desde aquí hasta el Ebro se extiende, por Mediona, Barbarà y Espluga, la comarca del Baix Ebre, que fue mayoritariamente de población morisca, puesta bajo la guarda del Temple. Mediona se levanta sobre la población de Riudebitlles, mientras que el castillo de Barbará le fue donado a la Orden por el conde de Urgel y fue de las primerísimas posesiones de aquélla en territorio catalán.
En Miravet se conserva posiblemente el castillo más importante del Temple en la comarca, construido sobre basamentos de un castro ibérico. La fortaleza guardó, en su tiempo, auténticas reliquias de la Orden, tales como la lanza del conde Ramón Berenguer IV y un ejemplar de las Escrituras que les legó en herencia.
Pero, posiblemente, el castillo templario a la vez mejor conservado y peor mantenido en sus esencias originarias en esta comarca fue el de la Zuda, situado sobre la ciudad de Tortosa y hoy convertido en Parador Nacional de Turismo. Desde sus muros puede contemplarse, abajo, la estructura perfecta de la antigua judería de la ciudad, sobre la que los freires ejercieron, en su día, su protección.
El Maestrazgo, un sueño templario: En la historia de la Reconquista catalano-aragonesa se da un fenómeno curioso que merece la pena ser destacado: la insistencia que mostró el Temple a la hora de reclamar ciertos territorios a cambio de su colaboración en la campaña. Eso fue lo que sucedió cuando Jaime I el Conquistador se dispuso a la conquista del reino moro de Valencia. Los templarios pidieron entonces que les fuera concedida buena parte del Maestrazgo.
Internándonos en la comarca, la huella templaria se multiplica, teniendo como centro la localidad de Ares del Maestre, donde se encontraba la residencia del maestre comarcal: un antiguo castro ibérico y romano convertido en fortaleza, que aún se alza sobre el núcleo de población. Más allá se sitúa la Muela de Ares, que sigue siendo en nuestros días un monte de tradición profundamente sagrada, en cuyos lindes se encuentra el célebre santuario prehistórico de la Cueva Remigia, cuyas pinturas rupestres delatan el carácter trascendente que este lugar tuvo ya desde la prehistoria. Igualmente se encuentra en sus inmediaciones el santuario cristiano de Nuestra Señora de l’Avellá, que mantiene un importante culto a una de las imágenes de mayor tradición milagrera de aquella comarca. Su fiesta, llamada El Sexèni, constituye una de las manifestaciones devotas más importantes de todo el Maestrazgo.
Si de aquí pasamos al Maestrazgo turolense, nos encontraremos con una serie de localidades, como Castellote, Santolea, La Iglesuela, Orrios, Alfambra, Villel, Villastar y Libros, Cantavieja y Villarluengo, que durante la Edad Media constituyeron grandes feudos de la Orden, muchos de ellos obtenidos cuando otra institución militar de aquel tiempo, la de Monfragüe, se unió a los templarios para formar una única obediencia religioso-militar.
Villel fue una encomienda templaria situada junto al río Turia y conserva su castillo parcialmente en ruinas y, sobre todo, su soberbia Torre del Homenaje, que aún parece defender el pueblecillo que se levanta a sus espaldas. Apenas a dos kilómetros encontramos el santuario de la Fuensanta, que también tiene un origen templario y que viene siendo el principal núcleo de devociones locales del área desde el nacimiento de la leyenda del encuentro de una imagen de Nuestra Señora moldeada en hueco sobre la superficie de una peña.
Cantavieja, cuyo nombre parece proceder de la Cartago Vetus de Amílcar Barca, conserva su oratorio dedicado a san Miguel, que muestra restos de la antigua construcción levantada por la Orden del Temple. Labrados en piedra en el muro, dos personajes que parecen estar hablando muestran un curioso estilo, a caballo entre lo popular y lo erudito, propio del quehacer artístico templario.
Hemos recorrido un territorio que, sin duda, desde una perspectiva exclusivamente turística, nada tiene de espectacular. Su huella histórica es, si así cabe decirlo, humilde, poco grandiosa. Fortalezas arruinadas, casas que ocultan celosamente su pasado disfrazándose con señales posteriores, mientras dejan que el tiempo destroce su huella, pero que, no obstante, mantienen la memoria de la vieja singladura templaria a través de costumbres, devociones y valiosos rastros arqueológicos.
Juan G. Atienza,
Especialista en órdenes de caballería
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