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Arte cisterciense en Cataluña

Por Elmundomedieval.com

Entendido hasta hace poco tiempo como un estadio a medio camino entre el Románico y el Gótico, el arte cisterciense tiene una personalidad propia, independiente y cargada de sentido.

Estilo considerado hasta hace bien poco tiempo como de transición entre el románico y el gótico, el arte cisterciense ha comenzado a despertar interés por su sobriedad, por su estricta funcionalidad, por el rigor intelectual de su planteamiento y por la profunda espiritualidad que inspira. El arte cisterciense es considerado hoy como un estilo medieval con entidad y personalidad propias.

Un Arte unitario y universal
Los tres monasterios cistercienses del presente itinerario son ejemplos de un arte concebido para cubrir la Cristiandad en sólo tres décadas, con un nuevo manto distinto del románico: el Císter.
Entre fines del siglo XI e inicios del XII una corriente de renovación espiritual recorre Europa. Algunos jóvenes monjes miembros de la vieja Orden de Cluny, ahíta de glorias, riquezas y poder terrenales, se escinden de la misma, encabezados por Roberto, con el deseo de vivir en estricta observancia la Regla de San Benito. Así nace la Orden del Císter (Cîteaux será su primer monasterio). Cartujos, premonstratenses y otros grupos religiosos nacen a la vez, también en busca de aires de autenticidad.
Un día de 1112 llama a las puertas de Cîteaux el joven Bernardo de Fontaine acompañado de una treintena de gentilhombres borgoñones. En 1115 Bernardo es nombrado abad de Clairvaux (o Claraval), una de las cuatro primeras fundaciones de Cîteaux. Pronto la abadía madre contará con 700 monjes y la Orden con 400 abadías, llegando en pocos años a estar presente en toda la Cristiandad con cerca de 750 monasterios.
Bernardo de Claraval es considerado como el segundo padre de los cistercienses: su personalidad y su doctrina marcaron desde muy pronto a la nueva Orden. La ascendencia de san Bernardo sobre las gentes, monjes, nobles, reyes o papas pronto se deja sentir en toda Europa. Es llamado por emperadores, reyes y papas para oír sus consejos, predica la segunda Cruzada en Vézelay, patrocina a la Orden del Temple, resuelve conflictos entre distintos poderes. Su legendaria elocuencia allana los problemas y sosiega las almas. Es el primero en llamar a la Virgen Nuestra Señora, divulgando esta nueva concepción de María por la Cristiandad. Bernardo es el faro más potente que ilumina el cristianismo en la primera mitad del siglo XII.
Despojarse de lo accesorio, negar toda ostentación, buscar la esencialidad: los objetivos de la Orden del Císter deben reflejarse en su arte y su arquitectura. Sobre la escultura, escribe san Bernardo en su famosa Apología dirigida hacia 1125 a su amigo Guillermo, abad de Saint-Thierry de Reims: “¿Qué hacen ahí esas bellas deformidades, esos monstruos ridículos y esas deformes bellezas? ¿Qué aguardan esos leones feroces, esos centauros monstruosos y esos seres semihumanos?”
Estamos ante un posicionamiento frontal con Cluny. Se diría que no sólo ante el exceso de figuraciones que exhibe el románico en esos momentos, sino incluso contra su mismo simbolismo. ¿Quiere esto decir que el arte cisterciense renunció al simbolismo? Quizás no totalmente (ver recuadro ¿Simbología cisterciense?). Lo que sí hace el arte bernardo es renunciar a la escultura, pues en los nuevos monasterios no aparece prácticamente talla alguna.
Este aniconismo, esta austeridad iconográfica cisterciense, no es un movimiento aislado dentro de la historia del arte cristiano. No deben olvidarse los movimientos iconoclastas en la Iglesia de Oriente, ni ciertas arquitecturas mozárabes (grupo de iglesias de Serrablo), ni tampoco el llamado primer románico. Por otro lado, las Órdenes mendicantes del siglo XIII (franciscanos y dominicos) o la misma reforma carmelitana de santa Teresa y san Juan de la Cruz, postularon la simplicidad extrema en el arte. Curiosamente, por las mismas fechas, el movimiento almohade predica para el arte islámico la misma sobriedad expresiva. La actitud cisterciense responde a una corriente esencialista presente en el mundo cristiano, frente a otra que defiende los excesos arquitectónicos,escultóricos o decorativos como manifestación en la Tierra de la gloria de Dios en los Cielos.
El arte cisterciense es la plasmación de un ideal luminoso en el que Dios es el fin absoluto de la vida del hombre. El Císter presentía que se acercaban momentos cruciales en la evolución del mundo cristiano, por el progreso de burgos y ciudades y de una burguesía poderosa, rica y extrovertida.

Arquitectura cisterciense
Los monjes cistercienses dispusieron muy pronto de un modelo único de monasterio (ver recuadro El monasterio cisterciense). De alguna manera tal modelo se hacía necesario al imponerse un sentido de funcionalidad ante la extraordinaria acogida que tuvo en la juventud europea la espiritualidad bernarda. Había que simplificar y racionalizar al máximo las construcciones de los nuevos monasterios. Por otro lado, la demanda exigía un modo de construir sencillo y eficaz, siendo los mismos monjes destinados a una nueva fundación los que levantaban muros, comenzando siempre por un oratorio que más tarde sería la iglesia monástica. Se impuso la adopción de un plan homogéneo, unitario.
La arquitectura cisterciense aportó el arco apuntado y la bóveda de crucería. Con ello rompería con la unidad conceptual románica del arco de medio punto. La menor descarga lateral del arco apuntado con respecto al de medio punto permitió a los constructores bernardos proyectar a mayor altura y abrir vanos de mayor luz. Con ello el arte cisterciense es presidido por la línea recta, dulcemente desviada en las alturas por los segmentos de círculo de los arcos apuntados. La bóveda de crucería actúa con similares efectos. Por otro lado, en la mayoría de las iglesias cistercienses el ábside se levanta recto o poligonal (quizás por funcionalidad, al ser más rápida y sencilla su construcción), con lo que toda referencia simbólica a la redondez del Cielo sugerida por arcos, bóvedas y ábsides románicos, desaparece.
Muros limpios, arcos angulares con su punto deencuentro perdido en las alturas, vanos perforados sin aditamentos en grandes superficies murales, perfecto escuadramiento y pulido de sillares... La piedra es pura, exhibida con toda su fuerza, belleza y desnudez. El hombre enfrentado a la creación divina, la piedra inmutable, eterna, sobre la que pasan lentamente luces y sombras a lo largo del día. Y nada más. Es entonces cuando el hombre, envuelto por esta piedra desnuda, siente la sobra ebrietas, la borrachera de la sobriedad cisterciense, de la esencialidad, de lo inasible que dispone su espíritu hacia Dios.
En esta arquitectura, en la que todo sugiere inmovilidad, estatismo, la luz juega un papel primordial. La luz solar, extraña en principio a la obra construida, es el elemento vitalizador que dota al conjunto de un movimiento sereno, cósmico. La luz dota de vida a lo creado por el hombre, como el Creador da la vida a sus criaturas. La luz adquiere así un simbolismo de primera magnitud en la arquitectura cisterciense.
Si la luz juega un papel tan decisivo, el de la sonoridad lograda por los monjes cistercienses en sus iglesias, no es menor. Con un dominio de la acústica sin precedentes, los constructores cistercienses supieron disponer sus limpios muros, columnas, arcos y bóvedas para que reflejaran una sonoridad única. Parece como si san Bernardo y sus hijos, a la hora de elegir una forma de belleza, hubieran optado por la acústica, antes que la visual. La del oído, para escuchar a Dios: “Sólo el oído atiende la verdad puesto que percibe el Verbo.”
Las iglesias cistercienses fueron construidas para reverberar con el canto monódico. Las reverberaciones proceden de las bóvedas, coro, muros, suelo pétreo, envolviendo a quien escucha el canto sagrado. Para ello es necesario encontrar el intervalo de resonancia justa, propio de cada iglesia. Es así como cada nota limpiamente entonada crea con las reverberaciones su propio universo sonoro y armónico. “La piedra vibra con el coro, el templo es un inmenso instrumento de música en el que el canto es ritmado por el aliento del hombre”.
Cientos de monasterios cistercienses se levantaron con este “arte sin arte” en toda Europa. Construcciones sobrias, luminosas, robustas, elegantes, sonoras. Para emplazar estos monasterios los monjes eligieron valles feraces en los que iniciaron nuevos cultivos. Y les pusieron nombres subyugantes que nos trasladan a otra dimensión: Fontenay, Bonnefontaine, Baulieu, Aiguebelle, Fontfroide, L’Escale-Dieu, Santes Creus, Monsalud, Vallbona, La Oliva, Piedra, Huerta, Sotosalbos, Valparaíso, Valbuena, Las Huelgas...


¿Contestación o ruptura?
Es evidente que el cisterciense es un arte con personalidad propia que nace como contestación a la ostentación cluniacense y, por tanto, al románico. Es una respuesta llevada con rigor a todos los órdenes de la vida del monje. Pero es una respuesta monacal, es decir, que no sale del ámbito monástico. El estilo cisterciense es obra de y para “espirituales” y “perfectos”, o sea, monjes.
El gótico, en cambio, es un arte eminentemente urbano que nace para las catedrales de las nuevas sedes episcopales creadas por el aumento de la población, de la burguesía, por el desarrollo del comercio y por el flujo de finanzas. Es otra espiritualidad la que anima las grandes construcciones góticas, que responderán a las necesidades de una nueva sociedad.
El gótico hereda del Císter el arco apuntado y la valoración de la luz. Al primero lo eleva a alturas insospechadas. La luz la colorea y la fragmenta con sus vitrales inmensos, embebiendo a quien ilumina, lo que había sido expresamente prohibido por la sobriedad del Císter.Itinerario por el Císter de Cataluña:

Poblet – Vallbona de les monges – Santes Creus

Estos tres hitos cistercienses en tierras catalanas fueron levantados en la Catalunya Nova, reconquistada ya en la segunda mitad del siglo XII y asentada por las órdenes militares. Los tres monasterios no distan mucho entre sí ni en el tiempo ni en la distancia. Dedicarles una jornada representa zambullirse de lleno en una realidad distinta a la que se vive sólo a pocos metros. Además, estas piedras cistercienses no sólo son recuerdos de tiempos pasados, sino que en dos de estos monasterios monjes y monjas actualizan con sus vidas cada día la espiritualidad cisterciense.


Jaime Cobreros,
especialista en románico y simbología

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Por Elmundomedieval.com
Publicado Tuesday 11 de February de 2003


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